El tórrido sol calentaba de una forma exasperante. Eran las cuatro de la tarde de un día cualquiera de primeros de Agosto. Y hacía calor, mucho calor… La calle estaba desierta; nadie se atrevía a salir de su casa; además, al haber pasado la hora de la sobremesa la gente estaba durmiendo la siesta. El aire que se movía era irrespirable y bochornoso. Un perro corría ladrando junto a las encaladas paredes; tal vez huyendo de un desaprensivo, o descontento con alguna pulga que le picaba. La chicharra, encaramada en algún árbol cercano, entonaba su monótona melodía; el zumbido de una moscarda se oía en los cristales. Y hacía calor, mucho calor… En los tendederos la ropa ondeaba al viento cual banderas multicolores; ropa tendida al sol que estaba seca. Los pinares colindantes con las últimas casas, pinos silvestres, desprendían el olor acre de las acículas soleadas. El verano castigaba a este rincón de Andalucía. Aunque con normalidad las noches eran soportables, dada su ubicación sobre el nivel del mar, pero en las pasadas noches no se notó la bajada del termómetro y se hicieron pesadas e interminables. Pero, a esa hora, a las cuatro de la tarde, la intensidad ultravioleta se hacía gomosa e insoportable. En el horizonte el azul del cielo se tornaba pálido envuelto en las temperaturas que abrazaban el paisaje, desde la perspectiva que hería el iris de la mirada. Un limón lunero compartía su frondosidad con el azahar de la nueva luna y el fruto amargo y amarillento enhiesto cual senos de mujer. Sus verdes hojas clamaban al cielo el riego de la tarde a la caída del astro padre. Y hacía calor… mucho calor.

De los huertos cercanos el aire transportaba en sus átomos más diminutos un vaho candente de estiércol mojado y fruta madura aún en el árbol. En el silencio de la tarde se podía, incluso, escuchar el rumor exangüe del caudal del río; escaso por la carencia de lluvias en la pasada primavera. Las montañas, picudas y grises, rasgaban el cielo con sus lanzas de piedras mohosas y octogenarias; de las cumbres más elevadas volaban los buitres, arrogantes y majestuosos, en busca de la carroña para sustentar a sus polluelos. En la calle el reciente alquitranado propagaba su aliento fuerte, roto en algunas zonas debido al derretimiento de la materia, e insoportable que el viento distribuía sin prisas; la mejora de asfalto en la zona había dejado piedras negras y menudas disueltas por las aceras. Entre unas matas de jaramagos dos jilgueros picoteaban, batiendo sus alas, las amarillentas flores que son parte de su dieta; pasaban de una mata a otra hasta levantar su vuelo rápido y zigzagueante. En los patios o en las puertas de las casas, unas sábanas o cañizos protegían, a modo de sombraje, los geranios y clavellinas, además de rosales en flor que con los calores se marchitarían en pocos días; también ellos esperaban el frescor que les obsequiaba el agua al atardecer vertida desde una regadera. Un ejército de gorriones batallaba en una frondosa higuera, disputándose los abiertos higos y compartiéndolos con los himenópteros voladores de avisperos y colmenas.

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Sobre el autor

De Lorenzo Román, escritor y poeta español. Nació en Cádiz (28-01-1959) y reside en El Bosque (Cádiz)

Desde niño sintió la llamada de las letras, a las que se ha dedicado casi toda su vida. Sus novelas llevan los pólenes de su vida, su esencia y sus recuerdos.

Sus poemas reflejan la desnudez de su alma. El amor, la pasión y los sueños se pueden encontrar en cada una de sus frases y versos.

Privado desde su niñez de los sonidos, introvertido y ausente, demuestra en cada una de sus obras la grandeza de su mundo interior.

El autor